Ben-Gurión fue uno de los primeros dirigentes sionistas, que intentó desentrañar el rechazo total de los árabes al Estado de Israel, e incluso se embarcó en la dura tarea de llegar a una reconciliación entre ambos contendientes al mismo pedazo de tierra. Sus posiciones fueron siempre de un crudo realismo, a costa de exponerse a las acérrimas críticas de sus opositores de la derecha sionista o de las corrientes judías religiosas. Su interés primero fue siempre la creación de una patria para los judíos, que ofreciera refugio seguro ante cualquier persecución; y sólo en segundo lugar, las pretensiones territoriales: «Prefiero la unidad del pueblo judío, a la unidad territorial de Israel», dijo. Fiel a sus convicciones, estuvo siempre dispuesto a recorrer un largo trecho en forma de concesiones a cambio de la paz con los vecinos árabes, aunque consideraba que la condición sine-qua-non para una paz duradera, era un Estado de Israel fuerte, autosuficiente y respetado por los países de la región.
Ben-Gurión siempre tuvo conciencia cabal de su lugar en la historia: así fue que se encargó de documentar sus actividades en un enorme y ordenado patrimonio; mientras que sus diarios personales, abarcan no menos de cientos de miles de páginas. Motivado tanto por el deseo de excelencia en el liderazgo como por sus ansias de saber, fue un ávido lector, particularmente de historia y filosofía política y religiosa: su biblioteca personal contaba con no menos de 20.000 volúmenes. Sus viajes por el mundo lo convirtieron en políglota, aunque no menos importancia tuvo su perfeccionismo en todo aquello que cautivara su curiosidad: llegó incluso a estudiar el griego y el español, sólo para poder leer a Platón y a Cervantes en sus idiomas originales.
Y con esto concluimos la parte dedicada a Ben Gurión.
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